En una publicación anterior hablé sobre la evolución que experimentamos los escritores con el paso de los años, utilizando uno de mis borradores como ejemplo. Me gustaría retomar esa idea mostrando los errores que cometí en aquel entonces y cómo los corregiría ahora, con más experiencia. De antemano, me disculpo por la ortografía, ya que no alteraré el borrador original para que esta dinámica sea más auténtica.
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–¡Darren! ¡Darren despierta! –escucho a la Sra. Mackenzie gritarme.
Lentamente abro los ojos y me encuentro frente a frente con sus ojos saltones que bien podrían asemejarse a los de un sapo.
–¡Levántate del pupitre y vete al baño a lavar la cara! ¡Y la próxima vez llamare a tus padres! –me dice enfadada.
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Este era el inicio del borrador del capítulo tres de Quinesis. En esta historia, Darren es un estudiante de preparatoria que busca convertirse en justiciero utilizando los poderes del eterito zafiro.
Vamos a dejar de lado los errores ortográficos, la falta de comas vocativas y otros detalles técnicos para centrarnos en otros aspectos del texto.
Como pueden notar, el inicio es bastante común. El primer diálogo carece de impacto, lo que obliga al resto del capítulo a sostener el interés del lector; de lo contrario, la escena podría pasar desapercibida. Sin embargo, destaco las descripciones del personaje, ya que, con unas pocas líneas, el lector puede hacerse una idea clara de su personalidad mediante este recurso.
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Me levanto del pupitre y arrastro mi mochila junto con mis pies al más puro estilo de un zombi. Quedarme dormido en la clase de geografía es uno de mis hobbies más divertidos, pero quien me culparía si escuchar su clase es como oír cantar a un Jigglypuff.
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Uno de los puntos fuertes de Darren era su habilidad para integrar referencias a la cultura pop, como Pokémon. En aquel entonces, quería que fuera un personaje más relajado en comparación con Joshua o Irina, quienes atraviesan eventos traumáticos que afectan su psique. Pensé que incluir un personaje que sirviera de contrapeso sería una adición interesante, pero al final decidí darle ese rol a Chloe, quien ya había sido presentada en el primer capítulo.
Fuera de eso, el párrafo cumple su propósito de dar más contexto sobre Darren, por lo que, en esta ocasión, no haría cambios.
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La hora de comida se acerca por lo que hago tiempo hasta que toque el timbre. La preparatoria no ha sido lo que esperaba, es aburrida, me quita tiempo que podría estar utilizando para jugar videojuegos o ver películas. Si tuviera que mencionar una razón por la que sigo asistiendo (además de las ordenes de mi madre) diría que es por Emma… mi querida y platónica Emma. Alta, delgada, cabello negro y ojos verdes, toda una damisela. Lástima que no sepa quién soy. Hablando de mi diría que no estoy tan mal. Soy relativamente alto, quizá los lentes me quiten atractivo, pero se compensa con mi sentido del humor y creo que las chicas encuentran eso agradable.
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Aquí hay varios errores. El más evidente es el estilo de narración, ya que da la impresión de que Darren le habla directamente al lector, lo cual, hasta donde recuerdo, no era intencional. En ese caso, que se describa físicamente a sí mismo es otro error típico de escritor novel. Aunque la autodescripción viene seguida de otra descripción (cliché e innecesaria, en mi opinión), esto no justifica que un personaje hable de su apariencia solo para darle una imagen al lector. Este tipo de recurso entorpece la narrativa y se considera un "bache" dentro de la historia.
Otro aspecto para mencionar es que se invierten demasiadas líneas en descripciones y detalles, pero no se establece con claridad hacia dónde se dirige la trama ni qué hace especial al protagonista. Esto provoca que el inicio se sienta genérico, similar a una novela juvenil estadounidense común, lo que contrasta de manera negativa con el tono y el estilo de los capítulos anteriores.
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El timbre suena y los pasillos comienzan a aglomerarse, Matt y yo nos apresuramos para comprar comida, después procedemos a buscar lugar en donde a lo lejos se observa un mechón de cabello azul turquesa, debe ser de Amber sin duda. Nos acercamos y ella está en su laptop observando un capítulo de la serie televisiva Flash.
–Vaya, vaya, parece que alguien se infectó con nuestros gustos –dice Matt alegre.
–Por desgracia –dice Amber sin despegar la mirada de la pantalla–, no sé cómo me pudieron gustar estas cosas de niño antisocial.
–¡Oye! ¡No somos antisociales! –le dice Matthew.
–Eso díselo a tu novia Matty… ¡Oh! Olvide que no tienes. –le dice Amber a Matt mientras le da un coscorrón.
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En esta sección, debo resaltar el primer párrafo. Contiene oraciones demasiado largas y un exceso de comas que aceleran la lectura. Si bien esto no es un defecto en sí mismo, puede restarles peso a los detalles. Se mencionan los pasillos, las acciones del protagonista y, de paso, se describe a Amber, su otra amiga. Son tres situaciones que probablemente habrían funcionado mejor con puntos en lugar de comas, permitiendo una lectura más pausada y amena. Si esta rapidez no aporta nada a la historia, ¿para qué mantenerla?
Por otro lado, los diálogos cumplen bien su propósito. Debo admitir que son entretenidos y encajan dentro del tono que quería para la historia. Sin embargo, en una novela, no se debe depender exclusivamente de los diálogos para sostener una narrativa.
El resto del borrador sigue el mismo tenor. Después de días meditando a dónde quería llevar la trama, decidí desecharla y empezar de cero, esta vez con un protagonista más interesante. Raito Okami tomó el lugar de Darren y el resto es historia.
Con el tiempo, los escritores aprendemos que no todas las ideas llegan a buen puerto y que muchas terminan quedando en el tintero. A veces, descartamos personajes, escenas o incluso capítulos enteros porque ya no encajan con la visión que tenemos de nuestra historia.
Mirar atrás y analizar nuestro propio trabajo nos permite ver cuánto hemos crecido, no solo en técnica, sino también en la forma en que contamos historias. Lo que en su momento nos parecía una buena idea puede resultar forzado o innecesario con el paso de los años. Pero lejos de ser motivo de frustración, esto es una señal de nuestro crecimiento como escritores.