Aunque disfruto escribir, hay temas que me entusiasman más que otros. El romance es una constante en mis historias; aunque no siempre es el eje central, me emociona desarrollar las interacciones entre dos enamorados. Sin embargo, sé que al unir a dos personajes es fácil caer en errores que pueden restarle credibilidad o impacto a la historia.
Los seres humanos somos sociales por naturaleza, y lo mismo ocurre con nuestros personajes. El romance es una emoción universal, por lo que es común—especialmente en la literatura juvenil—querer incluir una subtrama amorosa. En mis historias manejo algunas, pero la más relevante es la de Joshua y Katherine.
En Quinesis, esta relación se presenta como algo fallido. Joshua debe lidiar con la vida escolar, la relación con su exnovia y el poder del eterito. Aquí surge un punto clave en la escritura de romances dentro de tramas más grandes: cuando la subtrama amorosa interviene en la principal, debe hacerlo sin opacarla. Los lectores pueden perder interés si la pareja en turno resulta más atractiva que el conflicto principal o el antagonista. Sin embargo, si el objetivo es escribir romance como género central, entonces las dinámicas cambian y la relación debe sostener por sí misma la historia.
En Nada que Cambiar, la relación entre Joshua y Katherine se explora con más detalle. Sus interacciones, sus amistades en común y sus emociones al estar juntos enriquecen la historia. Un romance bien construido no solo se basa en la atracción, sino también en los pensamientos, inseguridades y conflictos internos de los personajes. Mostrar sus dudas, miedos y pensamientos intrusivos le da profundidad a la pareja y deja claro que una relación imperfecta no es necesariamente negativa, sino más realista y humana.
Otra pareja de la que podemos aprender es la de Irina y Vladimir en Quinesis. Ellos son el equivalente a Bonnie y Clyde en mi universo, apoyándose mutuamente para alcanzar sus objetivos. Lo que hace interesante su relación es que no necesita estar marcada por el drama para ser relevante. Esto nos lleva a un punto clave: la importancia de construir una relación sana.
Muchas historias presentan romances tóxicos como parte del desarrollo de un personaje, y aunque pueden ser narrativamente efectivos, no siempre son necesarios. En historias donde el destino de un ser querido o incluso de toda una población está en juego, la prioridad no debería ser los conflictos internos de la pareja, sino cómo su relación influye en la trama mayor. Una pareja bien escrita puede sumar tensión y profundidad sin caer en dinámicas destructivas que desvíen el foco de la historia.
Claro, esto es solo mi opinión personal, pero creo que un romance bien construido no tiene que depender del sufrimiento o la toxicidad para ser interesante. Las relaciones sólidas también pueden aportar dinamismo, crecimiento y emoción sin necesidad de ser caóticas o autodestructivas.
Al final, escribir romance no se trata solo de unir dos personajes, sino de construir una relación que tenga propósito y coherencia dentro de la historia.
¿Qué tal si integramos esto a nuestra próxima historia?
— J. J.